En 1981 yo tenía 9 años y Uruguay estaba gobernado por soldados. Un día mi padre me hizo una pregunta muy pero muy rara. “Gonzalo”, me preguntó, “¿a vos te asustan las caras que se derriten?”
En 1981 mucha gente, entre ellos mi tía, vivían clandestinos, escondidos y disfrazados. Yo no lo entendía muy bien, pero lo adivinaba. Mi querida y aristocrática abuela alojaba en su comedor de Pocitos reuniones secretas de los barbudos afeitados de la Juventud Comunista. Llegaban de a uno, con contraseñas, pelucas y sombreros y mi abuela sólo los interrumpía para servirles el té con masitas.
En 1981 mi padre se la jugó, seguramente alentado por mi valiente respuesta de no temer a los rostros derretidos. Yo no tenía idea de por qué me preguntaba eso, pero incluso con 9 años sabía que no podía defraudarlo. Me disfrazó, como los espías y salimos juntos a la aventura, a desafiar a la autoridad o algo así.
En 1981 los cines tenían porteros. No eran veinteañeros torpes, como ahora, sino señores con trayectoria, como los mozos veteranos que te atienden cuando ellos quieren. Todos los sistemas opresivos dan poder a quienes no lo merecen. Los porteros de los cines eran los encargados de que se respetara la censura, para que los niños como yo no vieran mujeres desnudas o cosas peligrosas.
En 1981 la tele era blanco y negro y también tenía censura. En la esquina superior derecha los programas tenían una, dos o tres rayas. Una raya significaba que era un programa para toda la familia. Las películas con tres rayas eran para mayores de 18 años y estaban prohibidísimas. Una vez estábamos viendo un programa de Cousteau en Canal 10 y aparece, nadando en el fondo del mar, una raya. “Apta todo público” dije y mi padre largó la carcajada. Desde entonces y hasta hoy mismo, mucho de lo que digo y hago busca desesperadamente lograr una risa limpia y orgullosa como la de esa noche. Pero ese es otro cuento.
En 1981 mi padre, además de subversivo, era actor de teatro. Por eso sabía trucos. Nuestra misión era lograr entrar al cine a ver una película “No apta menores de 12 años”. Si decidíamos aceptarla, teníamos que convencer al portero que yo había nacido tres años antes. Para lograrlo, papá me disfrazó. Me rellenó como con tres buzos, me peinó raro y me puso unos lentes sin cristales. “Hacen parecer mayor”, me dijo.
En 1981, a pesar de mi disfraz, el portero del Proceso, represor e imperialista, no nos dejó entrar a ver “Indiana Jones”. Papá ya la había visto antes y le gustó tanto, pero tanto, que quizo llevarme, para verla de nuevo, sí, pero también porque se imaginó que me encantaría. Y tenía razón. Especialmente porque el Doctor Jones era arqueólogo, que era lo que yo quería ser cuando fuera grande, para encontrar dinosaurios. Me entrenaba en el fondo de casa, donde antes estaba el gallinero, y encontraba huesos de pollo que eran de Pterodáctilos y Brontosaurios.
Por suerte, en 1981, todavía quedaban muchos cines. Los revolucionarios no perdíamos la compostura jamás, así que nos tomamos un ómnibus y probamos suerte con otro portero, menos alcahuete de los milicos, seguramente un compañero, que nos dejó entrar, a mi papá, a mí y a mis lentes de 12 años.
Era 1981 pero en la pantalla era 1936. Indiana Jones peleaba contra los soldados Nazis que eran muy malos. Todos querían una caja mágica donde estaban los 10 mandamientos, que eran unas leyes viejas y muy importantes. Me encantó la película. A mi papá también, y eso que era la segunda vez que la miraba. Ese día logré mirar lo prohibido y tuve que crecer tres años de golpe. Eso sí, en la parte en que a los Nazis se les derriten las caras, me asusté bastante.